Antibióticos, una introducción

 

Iniciamos una serie de artículos sobre antibióticos y enfermedad inflamatoria intestinal (EII) con una introducción a la cuestión.

Cuidado con los excesos nos dicen una y otra vez, pero... ¿qué  significa concretamente esto para nosotros en relación a los tratamientos (antibióticos) que utilizamos?

Los pacientes estamos expuestos a todo tipo de amenazas que debemos conocer para disfrutar de las bondades de aquello que se nos presenta. De hecho, aprovechando que comienza el verano, seguro que vienes escuchando desde hace un tiempo (y desde hace años) que la luz solar es beneficiosa si se toman las debidas precauciones, como, por ejemplo: utilizar protección, evitar exponerse en las horas fuertes de sol (entre las 12:00 y las 16:00),  o utilizar gafas de sol para  bloquear la radiación ultra violeta, etc. Pequeñas medidas,  en definitiva, para prevenir quemaduras, el envejecimiento prematuro de la piel y hasta el cáncer.

Y con los antibióticos, que es de lo que trata este artículo, sucede algo parecido aunque sea menos conocido. Motivo por el que queremos informar sobre los beneficios y riesgos que estos tienen -no solo en la población general- sino, sobre todo, en las personas con enfermedad de Crohn (EC) y colitis ulcerosa (CU). Así que, siguiendo con el paralelismo, al igual que ocurre con la exposición solar,  también la “exposición” a los antibióticos puede ser muy beneficiosa. Tanto que gracias a los antibióticos resolvemos verdaderas situaciones que ponen en riesgo nuestras vidas; aunque al mismo tiempo, sobre todo, el uso inadecuado de los antibióticos puede tener consecuencias muy graves.  

Historia de los antibióticos

Los antibióticos son medicamentos que combaten las infecciones bacterianas, aunque su mecanismo de acción puede ser diferente según la bacteria a la cual están dirigidos. Porque existen muchos y diferentes tipos de bacterias, que es lo primero que hay que saber. Por ejemplo, entre varias clasificaciones, encontramos una que las divide entre bacterias aerobias y anaerobias, de acuerdo con sus necesidades y su tolerancia al oxigeno: las que necesitan oxígeno se denominan aerobias, y las que tienen problemas para vivir o crecer en presencia de oxígeno se denominan anaerobias.

¿Cómo comienza todo?

La “teoría microbiana de la enfermedad”(1) se la debemos Louis Pasteur, quien a mediados del siglo XIX elaboró las bases de lo que posteriormente sería las terapias con antibióticos. Y lo hizo mientras estudiaba los procesos de la degradación de los vegetales y animales (putrefacción y fermentación), demostrando que se trataba de procesos biológicos protagonizados por hongos, levaduras y bacterias presentes en el aire del ambiente. Por lo que Pasteur comenzó a pensar que estos mismos gérmenes podrían tener un papel en el origen de las enfermedades de los seres humanos (2). Y tanto se acercó a la realidad que, en unos de sus documentos sobre los procesos de descomposición, escribió: “todo indica que las enfermedades contagiosas deben su existencia a causas semejantes”, añadiendo también: “Lo infinitamente pequeño puede tener un papel infinitamente grande” (3). Toda una revolución, porque la idea de que los seres vivos fueran capaces de producir sustancias que inactivan o matan a otros seres, con los que conviven, era un pensamiento que contradecía por completo la lógica de la época.

Sin embargo, no es hasta  alrededor de 1928 cuando Fleming logra el descubrimiento de los antibióticos cambiando la historia de la medicina. Un hecho que logró cuando se encontraba estudiando la bacteria S. aureus, que se encuentra en la piel de individuos sanos, pero que, en sujetos hospitalizados o inmunocomprometidos, podía producir infecciones graves. Un día, al regresar a su laboratorio después de haberse ido de fin de semana, encontró que en un costado de una de sus placas del laboratorio se había producido algo que no esperaba (muerte de una bacteria que estaba cultivando) y que, aparentemente, tenía relación con el crecimiento de un hongo a los alrededores del hallazgo. Al estudiarlo con mayor detalle, Fleming pudo demostrar que el hongo -en este caso el Penicillium- producía una sustancia capaz de matar bacterias. Llamó a esta sustancia “penicilina” (4).

Fue solo años más tarde, en 1941, que Selman Waksman, un microbiólogo estadounidense que descubrió la estreptomicina, cuando se propuso la utilización del término “antibiótico” para referirse al grupo de sustancias con propiedades antibacterianas (5).

La microbiota intestinal y su relación con la EII

La población microbiana del intestino humano incluye unos 100 billones de bacterias (6,7). Su distribución varía a lo largo de la superficie intestinal, debido a las condiciones fisiológicas diferentes en las distintas partes del tracto digestivo. Por ejemplo, en el estómago, debido a la producción de ácido clorhídrico por parte de la mucosa gástrica, así como a la presencia de secreciones biliares y pancreáticas, la mayoría de los microorganismos son incapaces de resistir a estas condiciones. Sin embargo, el número de bacterias a lo largo del yeyuno y el íleon aumenta progresivamente, a medida que nos acercamos al colon, pero aun así la elevada motilidad del intestino delgado, con un tiempo de transito de 4-6 horas, dificulta la adhesión y el crecimiento microbiano (8). A diferencia del colon, en el que un tiempo de residencia de más de 50 horas permite una intensa interacción entre los microorganismos y la pared intestinal, lo que brinda a los microorganismos la oportunidad de proliferar.

Las bacterias intestinales desempeñan un papel fundamental en tres ámbitos: nutrición y metabolismo, y protección-control sobre el epitelio intestinal. Y en el caso de la enfermedad inflamatoria intestinal (EII), la que a día de hoy parece jugar un papel más importante en su desarrollo, es la función de protección-control. Y es que la función defensiva de la microflora incluye el efecto "barrera", en el que las bacterias que ocupan un espacio (o nicho ecológico) impiden la implantación de bacterias extrañas al ecosistema. Este efecto barrera se debe a la capacidad de ciertas bacterias para segregar sustancias antimicrobianas que inhiben la proliferación de otras bacterias, y también a la competición entre bacterias por los recursos del sistema, ya sea nutrientes o espacios ecológicos (9,10).

Autora: Claudia Savini, Dra. en Ciencias Biomédicas

Bibliografía: ver adjunto

Tags:
antibióticos, microbiota, penicilina

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Bibliografía

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