Cadencias para un silencio, relato

"Cadencias para un silencio" fue el relato ganador de Crohnincol 2018

Cada año ACCU España premia los mejores relatos cortos sobre la enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa que participan en el certamen Crohnincol.

Este relato escrito por Diego Fernández González ganó el primer premio de la octava edición en 2018.

Se va quedando desierta. A medida que avanzo lentamente por el pasillo, voy observando la penumbra de las habitaciones con las persianas echadas y las camas recién hechas y un pesado silencio se va apoderando de los espacios vacíos.

La cuarta planta, la de cirugía general, el cajón de sastre donde entraba un poco de todo,  está a punto de ser cerrada.

Llevo aquí diez días tras mi última operación perianal producida por el Crohn que arrastro hace muchos años y en este tiempo he llegado a sentir muchas emociones.

Ayer por la tarde, un paciente de la quinta se nos acercó volando. Lo más probable es que quisiese volar sobre los álamos para acercarse a la orilla del río y dejar allí su dolor sobre las aguas. No pudo conseguirlo. Su cuerpo y  su dolor quedaron aplastados sobre el aislante rojo de la terraza de la planta tercera. Más tarde, supimos que padecía cáncer de estómago y presentaba un cuadro depresivo, por lo que lo tenían amarrado a la cama, atada su angustia, pero consiguió soltarse para acabar con ella.

La hija de la paciente de la cuatrocientos tres, aquella que, dos noches antes, nos invitó a su balcón para contemplar los fuegos artificiales que iniciaban las fiestas de San Juan, cerró, a cal y canto, las persianas para no escuchar nada del suceso. Sin embargo, el de la cuatrocientos cinco, ingresado para hacerse pruebas de riñón y corazón antes de comenzar a practicarse diálisis,  estuvo pendiente de todo desde el principio hasta el final y, cuando las enfermeras corrían de un lado para otro, comentaba que no sabía para que querían correr tanto porque ”si se ha tirado es porque quería morirse”. Ésta fue toda la plegaria que elevó por el alma del difunto.

Mariano, el corredor de fondo de la planta no apareció por allí. Es un buen hombre este Mariano. Tiene problemas psíquicos, pero no es nada problemático. Se limita a parar en el pasillo a todo aquel con el que se encuentra para relatarle sus historias y, eso sí, al final hay que dejarle con la palabra en la boca, porque si no nunca acaba. Ayer, me tocó a mí. Me contó que el médico le había asustado mucho cuando, después de realizarle un “eletro”, le comunicó que tenía el corazón “mu estropeao”, porque él era muy nervioso y, por eso, tenía que estar siempre transitando por los pasillos para aplacar los nervios y, también, “para que su corazón no se estropeara más todavía”.

Sería imposible calcular cuántos kilómetros podía recorrer Mariano cada día, desde las primeras horas de la mañana hasta las últimas de la noche.

Antes de ingresar Mariano, estuvo en la planta otro corredor de fondo -aunque a éste se le podía llamar más bien de obstáculos-que llevaba cables colgando por todos los lados: la botella del suero, dos sondas con sus correspondientes bolsas, mascarilla y no sé cuántas cosas más. Parecía la torre de un ordenador, pero todo esto no le impedía recorrer con soltura los pasillos parando a todo aquel que encontraba para pedirle desesperadamente un cigarrillo. Se nos fue una madrugada con el agravante de nocturnidad añadido. No, no murió, ni tampoco le dieron de alta, - a esas horas no se dan altas médicas- lo que pasó es que se la tomó por su cuenta. Al parecer, no le dejaban hacer lo que quería y él no estaba dispuesto a acatar las normas protocolarias, así que entre los llantos de su pobre madre y las voces de las enfermeras, cogió los pocos enseres que allí tenía y se largó, sin más. Probablemente decidiera irse para poder buscarse en otro lugar y encontrar en el fondo de su cuerpo o de su alma, aquello que los médicos no le habían encontrado.

También se ha marchado ya Mariano. Lo he visto pasar esta mañana por delante de mi puerta, con el pijama y sus zapatillas, camino de otra planta, como muchos otros. Le deseo, de todo corazón, que su corazón “estropeao” vuelva a encontrar el ritmo en el eco de sus pasos.

Telmo, mi antiguo compañero de cuarto, se marchó hace ya cuatro días. A él si le dieron el alta. Tenía veintisiete años y una novia militar y un virus de esos que nadie sabe lo que son; pero sobre todo tenía un hambre feroz. Le hacían cultivos cada día y no le dejaban comer y por eso acumulaba tanta hambre. Aunque eso del hambre es como otro virus muy extendido por la planta, lo de Telmo rayaba en la desesperación; debía de ser, también, por la edad. Ingresó un viernes y  le tuvieron con dieta líquida hasta el martes siguiente; aunque sería más exacto decir que tenía prescrita esa dieta, porque el domingo no pudo aguantar más y, ante sus quejas, sus voces y su desesperación, su novia optó por subirle de la cafetería un bocadillo de lomo con pimientos para comer y una hamburguesa para cenar.

Telmo lo había tenido muy difícil en su infancia. Contaba el abandono por parte de sus padres, a los que no llamaba padres, y su paso posterior por orfanatos y reformatorios, así como sus posteriores adopciones hasta que llegó a la mayoría de edad y pudo independizarse. Desde entonces, trabajaba de camarero y decía que no le iba nada mal. De lejos, podría decirse que era algo violento, sobre todo por su pronto irascible, pero cuando se te acercaba podías comprobar que era como un niño grande, un auténtico niño necesitado de mucho amor y de consejos. Una de sus mayores pasiones era ver en la tele dibujos animados y uno de sus peores momentos cuando llegaba la temida y anhelada hora de la comida. Al comprobar que seguía con dieta blanda, echaba rayos y centellas por su boca y amenazaba con irse de allí. Telmo se encontró con la vida de repente, sin darle tiempo a digerirla. Quizá, por eso, intentaba roer cada instante con premura, evitando engullir todo aquello que tuviese un sabor amargo.

Desde que Telmo se marchó, estoy solo en la habitación como el señor Juan lo estaba en la vida. Supongo que también lo habrán trasladado, o quizá ya se haya ido. Hace dos días me contaba que él no vivía con ningún ser humano, pero que tampoco vivía solo porque tenía a su “Travieso”, un perro pequinés cuya sola evocación hacía que se le saltasen las lágrimas. Cuando hablaba de él, el espacio de su habitación se llenaba de humanidad y ternura. Decía que era tan pequeño que, cuando caminaba, arrastraba su tripa por el suelo llenándola de suciedad; de una suciedad como aquella que contenía la bolsa del drenaje que le habían puesto tras su operación de hernia y que él intentaba arrancarse a tirones. Cuando preguntaba a las enfermeras que por qué no le quitaban eso y ellas, pacientemente, le explicaban que no podían hacerlo porque allí se recogía la suciedad que expulsaba por la herida, exclamaba sentenciando, sin coger ningún atajo: “ ¡Coño! Pues entonces, ¿pa qué me han abierto los médicos, si resulta que después de abrirme no me han limpiao?” Esta mañana, cuando pasé a darle los buenos días, encontré la habitación vacía, aún sin arreglar, y, sobre la cama de al lado, también vacía, la bolsa del drenaje que el señor Juan quería quitarse a tirones.

La planta cuarta, la de cajón de sastre, la de cirugía general, allí donde entraba de todo un poco,  se va quedando desierta.

Acaba de pasar mi cirujano y, tras reconocerme, ha considerado que puede darme el alta provisional. El día está claro, luminoso. Sopla, apenas, una brisa que se posa sobre las ramas de los árboles, haciéndolas temblar ligeramente y, allá, a lo lejos, el río plateado camina hacia el oeste, transformando en un canto humedecido las historias arrastradas que casi nadie escucha. Mientras tanto, muy por debajo de mi ventana, la gente se apresura para llegar a ningún sitio.  Muy pronto yo también me iré de aquí y me llevaré conmigo algo nuevo que ignoro lo que es, pero que siento muy dentro.

Aquí ya no queda casi nadie. De pronto, se ha instalado una repentina soledad y esta tarde la planta quedará vacía. Pero yo sé que, durante mucho tiempo, desde allá, desde mi casa, continuaré escuchando los pasos repetidos de Mariano, sintiendo el hambre insaciable de Telmo,  percibiendo los ladridos agudos de “Travieso” y atesorando en mi corazón todas esas pequeñas historias que, cuando existe un dolor compartido, engrandecen el corazón de los hombres.

 

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Crohn, Colitis Ulcerosa, Crohnincol, certamen, relato, ganador

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