El balneario, relato

Cada año ACCU España premia los mejores relatos cortos sobre la enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa que participan en el certamen Crohnincol.

El Balneario de Tanit Tubau se llevo el tercer premio de la edición de 2018 de CrohnInCol.

Está siendo un verano “curioso”, utilizo este termino para no decir palabrotas, pues de momento voy a intentar comportarme. 

Me gusta pensar que estoy en un balneario. Sí, ya sé que lo de auto-engañarse no está bien visto, pero la imaginación es el mejor aliado que tengo en estos momentos y ella me dice que piense en un balneario.

Si lo analizamos con detalle, un hospital y un balneario tienen muchas cosas en común: para empezar, los empleados van vestidos de blanco, unos uniformes están manchados de aceites relajantes-hidratantes-con-esencias-de-coco-y-fruta-de-la-pasión, y los de los hospitales de sangre-y-vísceras. ¡Es broma! Solo de sangre. Tienen camas y camillas, aunque en las de los balnearios se dan masajes… ¡siempre estoy a tiempo de proponerle al hospital que incluyan este servicio! Que me hagan caso ya es otra cosa. En ambos sitios suele reinar el silencio, aunque uno nace del relax que flota por el ambiente (tanta piscina con chorro, choco-terapia y sauna, pueden atontarte y dejarte sin habla) y el otro, es respetado por los trabajadores del hospital, los visitantes y los enfermos. Los enfermos no es que tengamos interés por respetar nada, lo que tenemos son pocas ganas de nada (a nosotros lo que nos deja “relajados” son las colonoscopias, los cambios de vía, las sondas de pipí y estas cosas tan “agradables”). Otra singularidad que comparten los balnearios y los hospitales son los dietistas que te ayudan a comer más sano y equilibrado, o directamente te prohíben los alimentos que te sientan mal. (Que normalmente suelen ser todos. Para ellos todo es malo, ¡todo veneno!)

Hay más de uno que lo que opina de los dietistas es que disfrutan matando de hambre a sus pobres pacientes que tan solo querían entrar en el bañador del año pasado. 

Aunque en mi caso la dietista aún no ha pasado a verme, y no lo podrá hacer hasta dentro de seis meses. No me tiene manía, de hecho aún no me conoce, por lo tanto no ha tenido la oportunidad de odiarme, aunque a mi me dolería no caerle bien ya que me muero de ganas de conocerla…

Creo que a cada día que pasa mitifico más a la dietista. ¡Sueño con ella! Y no porque haya perdido del todo la cabeza, sino porque tener cita con la dietista significa ¡poder volver a comer!

Resulta que por culpa de mi rebelde enfermedad de Crohn que llevo arrastrando desde la infancia, mi intestino está hecho un desastre y para lograr que se cure los médicos me han dicho que tendré que estar hasta febrero sin tomar NADA por boca, ni si quiera agua.

¿En serio? ¿Una persona puede sobrevivir meses sin comer ni beber nada por boca?  Ha sido entonces cuando me han explicado bien que era exactamente esa máquina a la que llevo conectada desde el día del ingreso: la parenteral.

La parenteral es un tipo de alimentación por vena. El líquido que entra en contacto con la sangre contiene todas las sustancias que el cuerpo necesita para vivir. 

Este líquido entra en mi cuerpo a través de una vía que tengo colocada en la yugular, es de color blanco y tarda 18 horas en entrar. 

He hecho mis cuentas de la lechera, como dice mi madre, y me he dado cuenta de que solo son 6 horas diarias las que tengo para correr libremente por el pasillo.

Seamos sinceros. Correr lo que se dice correr por el pasillo no lo hago, más que nada porque me podría caer una buena bronca (o un bofetón bien merecido) por parte de algún trabajador hospitalario o por parte de mi señora madre, pero también porque no estoy muy en forma (en este “balneario” tampoco hay gimnasio, voy a tener que pedir la hoja de reclamaciones porque esto es una vergüenza) y lo que pasaría es que me caería redonda al dar dos zancadas largas y rápidas. Ya me lo imagino; tumbada en el pasillo, moviendo las patitas al aire como una cucaracha que ha sido golpeada por la escoba de una maruja amargada y cae por las escaleras y se queda del revés. Quizás me multarían por dificultar el tráfico de palos de suero del pasillo, todo puede ser. 

Los farmacéuticos que se pasan el día calculando las vitaminas que necesito para sobrevivir dicen que gracias a ellos estoy perfectamente alimentada.

Ya, claro. Me dirás que es mejor estar enchufada a la parenteral para que no falte ni un solo mineral, que tomarse una paella en la playa. 

Todo esto de no comer (de soñar con comida día noche, noche y día) y estar enchufada a esta maldita máquina me ha parecido una idea horrorosa. ¿En serio que la ciencia no está más avanzada para que no sea necesario torturar a la gente con tratamientos así? Encima, me han dicho que tenga cuidado con la vía, pues es un punto de entrada para todos los gérmenes del mundo.

Qué suertuda, normalmente ya tenía el don de pillar resfriados gracias a estar baja de defensas, pero por lo que veo ahora tengo una entrada directa a la yugular con un letrero luminoso que pone: ¡Microbios, gérmenes y resto de bichitos malos! ¡Entrad! No se necesita contraseña, hay jornada de puerta abiertas ¡Pasen y hagan!

En fin, después de estar enfadada algunas horas con todos los médicos del “balneario”, mis padres y mi hermano me hicieron entender que tendré que portarme bien durante estos meses si quiero recuperarme y volver a comer. ¡No tengo otra! Tengo que pensar en la meta, ¡en que estaré sana de una vez por todas! 

Sí, solo podré salir a la calle durante 6 horas diarias, cuando quede con amigos veré como toman una Coca-Cola y yo me tendré que aguantar, aprenderé a manejar la máquina, a cuidarme la vía y toda la mandanga. Y lo haré todo tan bien como pueda. ¿Por qué? Porque se trata de mí y de mi vida y solo yo puedo conseguir que esto funcione.

Mientras, sigo aquí, pasando agosto en el “balneario”, con muchas ganas de salir a la calle (las horas que me sean posibles, claro) ¿Seguirá la ciudad igual y como la dejé? Es posible que el asfalto esté más calentito, las calles más vacías y la playa a rebosar de turistas.

Mis amigos aún están de vacaciones y estos días están siendo un poco más aburridos de lo habitual, pues sus visitas suelen ayudarme a distraerme y a tener ganas de volver a la rutina, pero que no se diga que mis padres y mi hermano no hacen lo posible por distraerme.

Con mi hermano hemos inventado un juego muy útil durante este encierro veraniego, nombrar todos los inconvenientes de este mes y ver el lado positivo de quedarnos aquí. Aunque Pablo es muy libre de ir donde quiera se ha quedado sin vacaciones para poder estar a mi lado. Sus amigos están en Ibiza y le mandan fotos. ¡Qué poco tacto sabiendo que me está haciendo compañía en el hospital! Pero nosotros les mandamos selfies de nuestras “súper vacaciones todo incluido en el balneario”. En este lugar, y esto no mucha gente lo sabe, se tienen un sinfín de posibilidades para llevar a cabo cualquier acción. A los amiguitos de Pablo les hemos mandado fotos haciendo carreras con los palos de suero con ruedas, posando con pañales tamaño gigante para pérdidas de orina de señores que sufren de la próstata, selfies hinchando guantes de látex como si fueran globos que luego colgamos en la habitación… Lo que yo digo, un sinfín de posibilidades, ¡quién no se conforma es porque no quiere!

Mis padres y Pablo se turnan las noches, no quieren dejarme sola y la verdad es que se lo agradezco infinitamente.

- Veamos, -ha empezado Pablo- el mes de agosto está sobrevalorado Olga, piensa que las temperaturas son más altas que en cualquier otro mes, te pasas el día sudado, o peor, oliendo el sudor ajeno por culpa de los que no saben que existe el desodorante...-ha hecho una pausa para reírse al ver mi cara de asco.- Es mucho mejor tu “balneario” con aire condicionado, ¿no?

- ¡Claro! Y si no quieres soportar el calor que hace en la ciudad y te decides por pasar unos días en la playa, a parte de gastarte un pastón, puede que te haga mal tiempo ¡y llueva cada día! Mucho mejor pasar las vacaciones aquí, que además de ser gratuito no influye para nada la climatología exterior.

- Bueno, y si no te llueve en la costa te toca pelearte con la gente de la playa para poder colocar tu toalla en primera línea de mar, y ya se sabe que hay abuelas con muy mala leche que te pueden clavar la sombrilla en medio del pie con tal de conseguir sus metros cuadrados de arena. 

Qué sí, que nosotros tenemos la razón, no hay nada mejor que pasar el verano en este “balneario” para curarme y punto. 

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Crohn, Colitis Ulcerosa, Crohnincol, certamen, premio, relato

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