El monstruo del inodoro

El tercer premio del  V Certamen CrohninCol convocado por ACCU España en el 2016 fue para este relato escrito por David Generoso.

El monstruo del inodoro

El monstruo del inodoro. Así llamaban mis padres a aquellas diarreas incontrolables que definieron mis diez años. Yo dedicaba varias horas al día a calentar con mi trasero la cerámica blanca mientras mis tripas rugían, y me retorcía, y escupía tacos y maldiciones porque no entendía nada. «Ya está otra vez el niño luchando contra el monstruo del inodoro», sollozaba mi madre, una mujer flacucha y tímida que tuvo que estudiar enfermería de la noche a la mañana para afrontar mis cagaleras con garantías de éxito. Y yo partía a buscar el dragón que retenía a la princesa, como uno de esos legendarios caballeros de la mesa redonda, pero con papel higiénico en lugar de espada y fortasec en lugar de un escudo.

—Enfermedad de Crohn —sentenció el médico mientras se subía las gafas tras leer los resultados de una dolorosa colonoscopia.

—¿Y eso es grave? —preguntó mi madre con los labios temblando y sus ojos a punto de romper a llorar.

—Es para toda la vida. Pero despreocúpese: su hijo no se morirá por esta enfermedad. Las medicinas con las que contamos y las nuevas terapias que están por llegar, convertirán la dolencia en crónica, pero no mortal.

Mis padres salieron de aquella consulta abrazados a mí, apretándome con fuerza, como si yo solito hubiera ganado el partido del sábado anterior en lugar de que nos hubieran cascado doce goles los del Barrio de la Concepción.

—Qué alivio, hijo mío. No tienes cáncer —resopló mi padre.

—Qué cosas le dices al niño, Alfonso —le regañó mi madre.

—La verdad, Maribel. ¿O tú no lo habías pensado? El mismo cáncer que acabó con tu hermano o que condenó a una silla de ruedas a tu madre.

—Ya está bien, Alfonso. Hijo, tú no te preocupes, a ti no te pasará nada. De eso me encargo yo.

—Y el médico —apuntilló mi padre.

Y en medio de aquella discusión, una gota más en un charco de barro enorme, me solté de sus brazos y corrí los cien metros lisos hacia el baño más cercano. El monstruo del inodoro atacaba de nuevo.

 

El resto de mi infancia y adolescencia estuvo salpicada de ingresos hospitalarios, idas y venidas a la nueva casa de mi padre, recaídas, exámenes perdidos, kilómetros de papel higiénico, noches que duraban semanas, miles de pastillas, monstruos ocultos en grutas oscuras, inyecciones, goles frustrados, analíticas intempestivas. Pero también de parques, novelas enriquecedoras, excursiones, besos anhelados, tortillas de patata, mi madre sonriendo, introspecciones literarias; levantarse una y otra vez.

 

Mi juventud fue sinónimo de alcohol y juergas. Quise recuperar el tiempo perdido y la cagué. Más aún. Mis intestinos se rebelaron como una cadena de montaje sometida a una producción desorbitada y acabé enlazando un brote tras otro. A punto estuvieron de ponerle mi nombre a una habitación del hospital. Mi madre perdió más kilos que yo, y sus ojeras le llegaron hasta los pómulos, como un mapache con problemas de sueño. Mi padre se comunicaba por teléfono; si le localizábamos. Yo salía de aquellas cuatro paredes y a la semana estaba con un vaso largo en la mano, hipotecando mi futuro, derrapando en cada curva de la vida y sin usar el freno. Hasta que conocí a Rosa.

 

Mi ansiedad por Rosa era más grande que mi ansiedad por el güisqui. Fue la única forma de salir de aquel mundo con los pies en el suelo y no por delante. Accedí a operarme. Un corta y pega sencillo, según el cirujano, que se complicó como una novela negra y alargó mi estancia en el hospital más de dos meses. Cuando ya estaban grabando la placa que brillaría bajo el marco de la puerta, logré el alta médica. Rosa se había instalado en la habitación. Era una enfermera más, pero con derecho a robarme el corazón cada vez que sus ojos me miraban. Y nos casamos.

 

El hijo formaba parte del proceso natural. Y los miedos por si la herencia genética le jugaba una mala pasada, también. Jorge nació fuerte, equilibrado, vital. Enseguida hizo suya la casa y nuestros corazones. No hubo signos de la enfermedad durante años. Llorábamos de alegría en silencio y él reía todo el rato. Nos hizo viejos sin darnos cuenta. Un día levantamos la vista y se había marchado de casa a recorrer mundo junto a Sonia, una chica increíble que le hizo el hombre más feliz de la tierra.

 

La madurez la afronté con energía. De vez en cuando me sorprendía un brote, pero la experiencia y muchos años de sesiones de yoga y terapia psicológica me ayudaron a controlarlos. El monstruo del inodoro convivía conmigo, siempre al acecho, pero mi caja de herramientas era ya un arsenal casi imbatible. Cuando murieron mis padres tuve dudas y vacilé en la lucha contra el Crohn, algo normal en una enfermedad que se escondía tras las vacilaciones de la mente. Pero Rosa siempre estaba ahí, como un faro al que volver tras la tormenta.

 

La vejez fue excitante. Alejados de las rutinas laborales, Rosa y yo recorrimos medio mundo con la mochila al hombro y lo desconocido tras cada esquina. Nada de hoteles y viajes organizados para rebaños de seres en el último tramo de su vida. Nos desplazábamos en autobuses de línea, en trenes que reptaban comunicando países, en coches de alquiler; cualquier medio de transporte que se tradujese en libertad. Mi enfermedad me seguía a todas partes, pero llegamos a un acuerdo: yo no pensaba en ella y ella se mantenía oculta la mayor parte del tiempo. Y funcionó.

 

Una neumonía se me llevó a los ochenta y cuatro años, rodeado de mi hijo, mis dos nietos y Rosa, compañera de fatigas que no me soltó la mano hasta horas después de fallecer. Viví lo mejor que supe y me dejaron, que fue mucho. Ahora, la distancia que da la muerte me autoriza a decir que conseguí ser feliz. Y a pesar del monstruo del inodoro. O quizás gracias a él.

Publicado originalmente en la revista Crónica.

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