Curriculum vitae, relato

CrohnInCol es el certamen de relatos de ACCU España. En la convocatoria del 2019 el texto "Curriculum vitae" se llevó el segundo premio. Su autora es Francisca Alonso Martínez.

CURRICULUM VITAE

 

Por suerte llevo mi cuaderno y mi bolígrafo. Bueno, no es casualidad: últimamente llevo lápices y hasta rotuladores de colores. Todo un equipo para aguantar horas de espera en bancos de hospitales o consultas de especialistas y médicos. Gajes de mi colitis ulcerosa. Me he acostumbrado a las paredes y las luces blancas iluminando personas pálidas o demasiado rojas entre batas verdes. Ya pienso en colores, tal vez me esté convirtiendo en un artista del tiempo esperado. No sé…

Hoy no voy a dibujar nada. No he traído los rotuladores, ni tampoco mucho ánimo. Esta oficina del paro tampoco ayuda mucho. Es triste. Un poco prima hermana de mi consultorio. Lo bueno es que no la conozco y puedo explorarla desde mi asiento que también es nuevo para mí. Tengo 22 años y voy a apuntarme a la oficina de empleo. Es la primera vez, supongo que, también en esto, voy un poco por detrás de los demás. De momento…

Soy un novato aquí. Lo he tenido que preguntar todo, mientras todo el mundo se ha colocado con mucha profesionalidad. Me he fijado que todos llevan carpetas. También ellas son veteranas. Se ven muy vividas, sobadas y caminadas. Tienen empaque a pesar de sus solapas dobladas  y del nerviosismo con que sus dueños estiran las gomas y repasan sus papeles. Yo también tengo una carpeta en casa con mis citas, mis recetas, etiquetas y resultados de análisis. Las he cambiado varias veces pero recuerdo la primera. La compró mama, era de cartón azul. Tenía manchas y marcas redondas de varios tamaños y relieves. Gotas de café de las máquinas insensibles de los hospitales, líneas de sudor de manos empuñando papeles por escaleras y ventanillas lejanas y hostiles. Quizás, las más profundas, de pequeñas lágrimas cuando nadie la veía.

Tengo que comprarme una para esta oficina aunque, a lo mejor, me contratarán pronto para mi primer trabajo. Ahora me ha dado un vuelco de tripas, pero no es mi colitis ulcerosa, sino un poco de miedo, inseguridad y deseo. Todo junto. Tengo que hacer mi currículum y enviarlo, pero no sé qué poner. Podría preguntarle al funcionario que me va a atender o a la señora que suspira y mira su móvil a mi lado. Seguro que lleva varios en la carpeta amarilla que descansa en sus rodillas, tan agotada como ella. La carpeta es amarilla pero la oficina es gris. Es una oficina agobiada. Se le nota enseguida. Los carteles, viejos, están pegados con tiras sucias. Los muebles tienen aire de estar enfadados con el mundo y detrás de mi hay una persiana rota, como si alguien hubiera descargado su furia contra ella y los letreros parecen amenazar con sus siniestras mayúsculas rojas.

Pero yo no estoy triste: tengo lápices y rotuladores en casa y un boli y un cuaderno para apuntar estas esperas y desesperaciones. Siempre he salido de ellas y he llegado hasta aquí. Tal vez esa sería mi historia y los datos personales de mi currículum vitae.  Estrené mis 17 años con un diagnóstico de colitis ulcerosa. Yo era el chico alto, delgado y pálido del instituto. El que más sabía de colores blancos de la clase de dibujo: los azulejos blancos de todos los baños del mundo; el blanco sorprendente de mi cara en el espejo a las tres de la madrugada, de vuelta de un horrible dolor de tripa. La luz blanca de los quirófanos de las colonoscopias; el plástico blanco de los sillones de las consultas; el blanco sucio de esa sala de espera de digestivo que necesita desesperadamente una mano de pintura; el blanco uniforme de las hadas disfrazadas de enfermeras; las sábanas blancas con sus  letreros azules y las pastillas blancas sobre las mesas de hierro frío y blanco de los hospitales.

Ese era yo. Hasta que tuve mi primera caja de rotuladores de 32 colores. Y me cambió la vida. Me la compraría mamá, pero no puedo hablar de mamá en el currículum ni contar que aprendió más de cincuenta maneras de preparar el arroz, blanco por supuesto. Y papá, un guerrero extraordinario de batallas diarias, que no sabía cómo enfrentarse a mi colitis ulcerosa, esas dos palabras negras sobre fondo blanco que lo entristecían más que todas las facturas y los problemas conocidos. O mi hermano mayor que siempre se había burlado de mi debilidad y mi timidez, de las que serían, seguramente, las gotas más gordas de lágrimas de aquella carpeta azul.

No. Todos esos no valdrían como datos personales ni le interesarían a nadie. Y tampoco podría contar los datos académicos. Unas clases que se resistían, siempre con demasiado calor o helado, al compás de un dolor que subía o bajaba en intensidad. La memoria perdida en recordar dosis y citas. El escalofrío del miedo al ridículo de un cuerpo descontrolado. El bachillerato había sido un escalón demasiado alto para unas piernas demasiado flacas. Pero había conseguido mi título superior de graduado social. Graduar era lo mío. Conseguir el equilibrio en lo inestable. Sobrevivir entre lo negro de lo blanco con lápices de colores. 

No puede ser tan difícil hacer un currículum vitae, aunque ahora lo parezca en una oficina tan deprimente. Pero yo ya he pasado por eso. Por la depresión y la dificultad para vivir y expresarme y aquí estoy, atascado con el currículum pero empeñado en lo vital. La señora de al lado se ha levantado. Ha llegado su turno. Me ha sonreído con una bonita sonrisa. Su carpeta, también. Tienen esperanza. Y yo. Me quedan dos números para ser atendido, mientras por la persiana rota ha entrado un rayo de sol perfecto que lo ha iluminado todo. Resulta que hoy no voy a necesitar los rotuladores. Hace un día precioso y yo tengo muchas ganas de reír y ser feliz, aunque creo que eso no lo voy a poner en el currículum…

Tags:
Crohn, Colitis Ulcerosa, Enfermedad Inflamatoria Intestinal, Crohnincol, relato

Categorias:
Relatos CrohninCol

Última actualización

Aviso legal | Política de cookies | Contacto | Todos los derechos reservados © ACCU España 2021